Cada época tiene, para quienes la han vivido, un paisaje físico y humano que es muy difícil de describir. Félix Valtueña forma parte, desde la perspectiva que motiva estas líneas, de aquel momento de la transición a la democracia en España en que “todo estaba por hacer y todo era posible”. Él estuvo junto con un grupo de jóvenes intrépidos que, usando la libertad que se respiraba, propusieron y desarrollaron acciones de testimonio en lugares físicos e ideológicos que muy poco tiempo antes no hubiera sido posible ni soñar. Y he dicho “junto” cuando debería de haber dicho “al frente”, porque a Félix le gustaba el compromiso. Bien describe este talante la conferencia que pronunció en el Paraninfo de la Universidad de Barcelona, frente a muchos de sus compañeros, amigos personales, miembros de la AEGUAC (Asociación de Estudiantes y Graduados Universitarios Adventistas de Cataluña, precursora de AEGUAE) e invitados. Recuerdo perfectamente las reacciones que sumaban a la admiración personal e intelectual el reconocimiento de la coherencia que demostró Félix en sus planteamientos.

 Un absurdo accidente de montaña, que truncó su vida, nos privó, estoy seguro, de muchas cosas buenas que hubiésemos compartido con Félix si hubiese continuado con nosotros, y con el claro “crescendo” personal, familiar y espiritual que, en aquel momento, estaba viviendo.

 Merece especial reconocimiento la saga de la que formaba parte, la cual en un contexto más bien oscuro intelectualmente supieron descollar por ambición y esfuerzo. Félix hablaba de forma que sorprendía y ello era especialmente reconocido entre la modestia, generalizada, de la membresía adventista.

 Cuando Félix intervino activamente en la joven AEGUAC, sus miembros recibimos el apoyo de su protomadurez en equilibrio a alguna desmesura, pero también el impulso a aquellas iniciativas que lo necesitaban para superar su timidez.

 Sus exitosas incursiones literarias no le impidieron empezar a escribir junto con su esposa Raquel, con entusiasmo, los dos libros que más le hubiese gustado ver terminados y publicados: sus dos hijos Félix y Belén. Con y para ellos empezó la excursión que, en agosto de 1978, terminó con su vida. Su muerte, no obstante, no la lloramos demasiado porque, junto con él, creemos que nuestra vida aquí no es sino el prólogo de aquella más plena en la que los que le admirábamos continuaremos haciéndolo y, además, nos atreveremos a emularle teniendo en cuenta que tendremos toda la eternidad para hacerlo.

 

Conrado Recha
Miembro de AEGUAE


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